lunes, 15 de febrero de 2010

Ni masculino ni femenino. Osho.




La consciencia no es ni masculina ni femenina, porque no le pertenece al cuerpo; está suspendida por encima del cuerpo. La gente viene a mí y me pregunta: “¿Dónde está localizada la consciencia?”. No puede localizarse, porque no forma parte del cuerpo. Está suspendida en algún lugar por encima de ti. No se encuentra exactamente en el cuerpo, no puede ser ubicada. Y una vez que lo percibas, tú también estás suspendido sobre tu cuerpo. Tú no estás en el cuerpo –este es el significado de la palabra inglesa “éxtasis”. Éxtasis quiere decir estar fuera de uno mismo, ecstasy –estar fuera.

Cuando eres consciente, te vuelves extático. Estás fuera de ti mismo. Te transformas en un observador en las alturas.
No existe una consciencia correcta porque no hay ninguna posibilidad de una consciencia equivocada.
La consciencia es correcta. Por tanto, no preguntes qué es una consciencia correcta, simplemente pregunta qué es la consciencia. La consciencia es simple, muy inocente. Todo el mundo la tiene, por tanto, no es una cuestión de conquista. Ya la posees.

Cuando ves la puesta de sol, ¿no te das cuenta? Cuando ves una rosa, ¿no te das cuenta? Aprecias la bonita puesta de sol, percibes su belleza de la rosa; todo lo que necesitas es poner tu atención en tu consciencia también. Esto es lo único que tienes que añadir, el único refinamiento.

Eres consciente de los objetos. Tienes que ser consciente de tu subjetividad.

Todo el arte consiste en cómo funcionar desde la parte femenina de la mente, porque lo femenino está unido al Todo y lo masculino no está unido con el Todo. Lo masculino es agresivo, lo masculino está constantemente en lucha –lo femenino está continuamente en rendición, en profunda confianza. Por eso el cuerpo femenino es tan bello, tan redondo. Tiene una inmensa confianza y una gran armonía con la naturaleza. La mujer vive en profunda rendición –el hombre está siempre peleando, enojado, haciendo esto y aquello, tratando de demostrar algo, intentando llegar a ninguna parte. La mujer es feliz, no intenta llegar a ninguna parte. Está más interesada en lo inmediato, aquí y ahora, y esto le da una armonía, una gracia. El hombre está tratando continuamente de demostrar algo, y si quieres demostrar, desde luego que tienes que luchar, competir y acumular.

La experiencia de la infancia es lo que obsesiona a las personas inteligentes durante toda su vida. Quieren volver a tenerla –la misma inocencia, la misma curiosidad, la misma belleza. Ahora es un eco lejano; parece como si lo hubieras visto en un sueño.

Pero toda la religión nace de la infancia, de su obsesionante experiencia de fascinación, de verdad, de belleza, de la vida danzando maravillosamente alrededor. Con el canto de los pájaros, los colores del arco iris, la fragancia de las flores, el niño en lo profundo de su ser sigue recordando que ha perdido el paraíso.

Actuando con consciencia, dondequiera que te encuentres, está el paraíso. Una vez lo hayas aprendido, no preguntarás: “¿Qué es la virtud?”. Preguntarás: “¿Qué es poner atención?”. ¿Qué es la consciencia?”. Cuestionarás: “¿Qué es meditación?” –porque eso hará que estés consciente y alerta.

Lo que trae infelicidad es pecado.
Lo que aporta alegría es virtud.
La consciencia nunca se pierde.
Sencillamente se enreda con el otro, con los objetos.

Así pues, lo primero que hay que recordar es que nunca se pierde, es tu naturaleza, pero puedes enfocarla en cualquier cosa que desees. Cuando te canses de dirigirla hacia el dinero, el poder, el prestigio, y llegue a tu vida ese gran momento en el que quieres cerrar los ojos y conducir tu consciencia hacia su propio origen, hacia el punto de donde procede, hacia su raíz –en medio segundo tu vida se transforma.

Y no preguntes cuáles son los pasos a seguir; solamente hay uno. El proceso es muy simple. Solamente hay que dar un paso que consiste en volver hacia dentro.


La evolución de la consciencia atraviesa muchos altibajos. Es un sendero momentáneo. No te has equivocado –simplemente es que no estás familiarizado con el camino. Muchas veces la cuesta solo desciende para subir más alto que antes. Cruza valles para alcanzar la cima, y cada cumbre no es más que el principio de un nuevo peregrinaje, pues enfrente se encuentra un pico más alto. Pero para alcanzar la cúspide más alta, tendrás que volver a bajar otra vez. Una vez hayas comprendido que esto es lo natural, toda tu miseria, todas tus nubes simplemente se dispersarán. Uno tiene que aprender no solo a disfrutar durante el día, sino también por la noche –tiene su propia belleza. Las cumbres tiene su gloria, los valles su riqueza. Pero si te vuelves un adicto solamente a las alturas, estás empezando a elegir, y toda consciencia cuando empieza a elegir crea problemas. Mantente sin preferencias y, lo que quiera que llegue, disfrútalo como parte del crecimiento natural.

La noche puede ser todavía más negra, pero cuanto más negra sea, más cerca está el amanecer. Así pues, disfruta del oscurecer de la noche, y aprende a ver la belleza de la oscuridad, de las estrellas, porque durante el día no encontrarás esas estrellas. Y nunca compares lo que ha sido, lo que debería ser y lo que es.

No es coincidencia que todas las religiones del mundo contienen en sus parábolas la idea de que en algún momento el hombre vivió en el paraíso y que, de alguna manera, por alguna razón, fue expulsado de él. Son diferentes historias, distintas parábola, pero que significan una sencilla verdad: que cada hombre nace en el paraíso y que después lo pierde. Los retardados, los faltos de inteligencia lo olvidan por completo.

Pero los inteligentes, los sensibles, los creativos siguen obsesionados con ese paraíso que una vez conocieron y del que ahora solo les queda una vaga e increíble memoria. Empiezan a buscarlo otra vez.

La búsqueda del paraíso es la búsqueda de la infancia otra vez. Desde luego tu cuerpo ya no será el de un niño, pero tu consciencia puede ser tan pura como la de un niño. Este es todo el secreto del sendero místico: hacer de ti un niño otra vez, inocente, no contaminado por ningún conocimiento, no sabiendo nada, alerta aún de todo lo que te rodea, con una enorme fascinación y sentido de un misterio que no puede ser desmitificado.

Naciste. Llegaste al mundo con vida, con consciencia, con una tremenda sensibilidad. Fíjate solamente en un niño pequeño –observa sus ojos, su frescura. Todo ello ha sido encubierto por una falsa personalidad.

La consciencia (*) es un fenómeno natural. Naces con ella; pero está rodeada por el duro caparazón en el que se ha convertido la conciencia (**) y no la deja fluir. La conciencia es una roca que bloquea la pequeña fuente de la consciencia. Retira la roca y el manantial empezará a manar. Y con ese brote tu vida empieza a funcionar de una forma totalmente distinta que nunca antes habías imaginado siquiera, que nunca hubieras soñado. Y todo comienza a entrar en armonía con la existencia. Y estar en armonía con la existencia es estar en lo correcto –no estar en armonía con la existencia es incorrecto.

Así pues, la conciencia como tal es la causa raíz de todo lo equivocado, porque no te permite estar en armonía con la existencia. Y la consciencia siempre está en lo cierto de la misma manera que la conciencia siempre está equivocada.

(*) Se refiere a la consciencia en sí mismo.
(**) Se refiere a la conciencia como adquisición moral condicionada.

Mira por un momento a un niño recién nacido: tiene ojos, tiene consciencia. Lo mira todo a su alrededor, ve todos los colores, las flores, la luz, la gente, sus caras, ¿pero crees que el niño reconoce el color verde como verde? ¿Piensas que discrimina entre un hombre y una mujer? ¿O que esto es bonito y aquello es feo?

Tiene una consciencia no discriminatoria. Simplemente ve todo lo que allí está, pero no tiene ningún juicio sobre ello. No puede tenerlo –aún no le han presentado el color denominado verde o el color llamado rojo. Le llevará algo de tiempo aprender a discriminar.

De hecho, toda nuestra educación no es más que la creación de una consciencia discriminatoria en cada persona. Cada persona nace con una consciencia no discriminatoria –esto es, una consciencia testigo. Nace con eso que el sabio finalmente alcanza. Es un fenómeno muy misterioso que aquello que el sabio consigue como fin supremo, el niño lo posee desde el mismísimo principio.

No es una coincidencia que distintos místicos de diferentes épocas se hayan percatado del hecho de que la iluminación final no es más que la recuperación de la infancia. La misma consciencia que tenías en un primer momento cuando naciste tiene que volver a ser conquistada. No es que consigas algo nuevo, es el redescubrimiento de algo ancestral, eterno.

Te pierdes en el mundo… existen todas las posibilidades para que te pierdas, porque el mundo necesita todo tipo de discriminaciones, de juicios, de evaluaciones, la idea del bien y del mal, la idea de lo bueno y de lo malo –toda clase de deberías y no deberías. El mundo lo necesita y adiestra a cada niño para ello. El niño se pierde cada vez más en el lenguaje, en las palabras, los pensamientos, y finalmente llega a un punto desde el que no puede encontrar el camino de regreso a casa.

Naciste únicamente con consciencia, y todo lo demás lo has ido acumulando después. Todo aquello que tu mente ha acumulado después de tu infancia, déjalo a un lado –y dejarás de interponerte en el camino. Con esta simple comprensión encontrarás abiertas las puertas del templo de tu ser.

Osho. (Del libro Consciencia femenina, experiencia femenina)

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