(Donde ví un rayo de nieve...hoy veo un copo de sol)
Centímetro a centímetro, palmo a palmo, el caballero escaló, con los dedos ensangrentados por tener que aferrarse a las afiladas rocas. Cuando ya casi había llegado a la cima, se encontró con un canto rodado que bloqueaba su camino. Como siempre, había una inscripción sobre él:
"Aunque este Universo poseo,
nada poseo,
pues no puedo conocer lo desconocido
si me aferro a lo conocido".
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El caballero lloraba de alegria. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca más vería la gente el brillante reflejo del acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el este.
Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él; una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz destellante como un arroyo, replandeciente como la Luna, deslumbrante cono el Sol.
Porque ahora el caballero era el arroyo. Era la Luna. Era el Sol. Podía ser todas esas cosas a la vez, y más, porque era uno con el universo.
Era amor.
El Caballero de Armadura Oxidada. Robert Fisher